Como a Joaquina le habían recomendado su padre y su marido que se pasease, que airease y solease la sangre que iba dando al hijo que vendría, y como ellos no podían siempre acompañarla, y Antonia no gustaba de salir de casa, escoltábala Helena, su suegra. Y se complacía en ello, en llevarla al lado como a una hermana menor, pues por tal la tomaban los que no las conocían, en hacerle sombra con su espléndida hermosura casi intacta por los años. A su lado su nuera se borraba a los ojos precipitados de los transeuntes. El encanto de Joaquina era para paladeado lentamente por los ojos, mientras que Helena se ataviaba para barrer las miradas de los distraídos. «Me quedo con la madre!»—oyó que una vez decía un mocetón, a modo de chicoleo, cuando al pasar ellas le oyó que llamaba hija a Joaquina, y respiró más fuerte, humedeciéndose con la punta de la lengua los labios.

—Mira, hija—solía decirle a Joaquina,—haz lo más por disimular tu estado, es muy feo eso de que se conozca que una muchacha está encinta... es así como una petulancia...

—Lo que yo hago, madre, es andar cómoda y no cuidarme de lo que crean o no crean... Aunque estoy en lo que los cursis llaman estado interesante, no me hago la tal como otras se habrán hecho y se hacen. No me preocupo de esas cosas.

—Pues hay que preocuparse; se vive en el mundo.

—Y qué más da que lo conozcan...? O es que no le gusta a usted, madre, que sepan que va para abuela?—añadió con sorna.

Helena se escocía al oir la palabra odiosa: abuela, pero se contuvo.

—Pues mira, lo que es por edad...—dijo, picada.

—Sí, por edad podía usted ser madre de nuevo—repuso la nuera, hiriéndola en lo vivo.

—Claro, claro...—dijo Helena, sofocada y sorprendida, inerme por el brusco ataque.—Pero eso de que se te queden mirando...

—No; esté tranquila, pues a usted es más bien a la que miran. Se acuerdan de aquel magnífico retrato, de aquella obra de arte...