—Pues yo en tu caso...—empezó la suegra.
—Usted en mi caso, madre, y si pudiese acompañarme en mi estado mismo, entonces?
—Mira, niña, si sigues así nos volvemos en seguida y no vuelvo a salir contigo ni a pisar tu casa... es decir, la de tu padre.
—La mía, señora, la mía, y la de mi marido y la de usted...!
—Pero de dónde has sacado ese geniecillo, niña?
—Geniecillo? Ah, sí, el genio es de otros!
—Miren, miren la mosquita muerta... la que se iba a ir monja antes de que su padre le pescase a mi hijo...
—Le he dicho a usted ya, señora, que no vuelva a mentarme eso. Yo sé lo que me hice.
—Y mi hijo también.
—Sí, sabe también lo que se hizo, y no hablemos más de ello.