—Por mí que haya ciento—replicó aquél. Yo siempre he de ser yo.
—Y quién lo duda?—dijo su amigo.
—Nada, nada, que le llamen Joaquín, decidido!
—Y que no se dedique a la pintura, eh?
—Ni a la medicina!—concluyó Abel, fingiendo seguir la fingida broma.
Y Joaquín se llamó el niño.
XXXV
Tomaba al niño su abuela Antonia, que era quien le cuidaba, y apechugándolo como para ampararlo y cual si presintiese alguna desgracia, le decía: «Duerme, hijo mío, duerme, que cuanto más duermas, mejor. Así crecerás sano y fuerte. Y luego también, mejor dormido que despierto, sobre todo en esta casa. Qué va a ser de ti? Dios quiera que no riñan en ti tus dos sangres!» Y dormido el niño, ella, teniéndole en brazos, rezaba y rezaba.
Y el niño crecía a la par que la Confesión y las Memorias de su abuelo de madre y que la fama de pintor de su abuelo de padre. Pues nunca fué más grande la reputación de Abel que en este tiempo. El cual, por su parte, parecía preocuparse muy poco de toda otra cosa que no fuese su reputación.