Una vez se fijó más intensamente en el nietecillo, y fué que al verle una mañana dormido exclamó: «Qué precioso apunte!» Y tomando un álbum se puso a hacer un bosquejo a lápiz del niño dormido.

---Qué lástima—exclamó—no tener aquí mi paleta y mis colores! Ese juego de la luz en la mejilla, que parece como de melocotón, es encantador. Y el color del pelo! Si parecen rayos del sol los rizos!

—Y luego—le dijo Joaquín,—cómo le llamarías al cuadro? Inocencia?

—Eso de poner títulos a los cuadros se queda para los literatos, como para los médicos el poner nombres a las enfermedades, aunque no se curen.

—Y quién te ha dicho, Abel, que sea lo propio de la medicina curar las enfermedades?

—Entonces, qué es?

—Conocerlas. El fin de la ciencia es conocer.

—Yo creí que conocer para curar. De qué nos serviría haber probado del fruto de la ciencia del bien y del mal si no era para librarnos de éste?

—Y el fin del arte, cuál es? Cuál es el fin de ese dibujo de nuestro nieto que acabas de hacer?