—Eso tiene su fin en sí. Es una cosa bonita y basta.
—Qué es lo bonito? Tu dibujo o nuestro nieto?
—Los dos!
—Acaso crees que tu dibujo es más hermoso que él, que Joaquinito?
—Ya estás en las tuyas! Joaquín! Joaquín!
Y vino Antonia, la abuela, y cojió al niño de la cuna y se lo llevó como para defenderlo de uno y de otro abuelo. Y le decía: «Ay, hijo, hijito, hijo mío, corderito de Dios, sol de la casa, angelito sin culpa, que no te retraten, que no te curen! No seas modelo de pintor, no seas enfermo de médico... Déjales, déjales con su arte y con su ciencia y vente con tu abuelita, tú, vida, vida, vidita, vidita mía! Tú eres mi vida; tú eres nuestra vida; tú eres el sol de esta casa. Yo te enseñaré a rezar por tus abuelos y Dios te oirá. Vente conmigo, vidita, vida, corderito sin mancha, corderito de Dios!» Y no quiso Antonia ver el apunte de Abel.
XXXVI
Joaquín seguía con su enfermiza ansiedad el crecimiento en cuerpo y en espíritu de su nieto Joaquinito. A quién salía? A quién se parecía? De qué sangre era? Sobre todo cuando empezó a balbucir.
Desasosegábale al abuelo que el otro abuelo, Abel, desde que tuvo el nieto, frecuentaba la casa de su hijo y hacía que le llevasen a la suya el pequeñuelo. Aquel grandísimo egoísta—por tal le tenían su hijo y su consuegro—parecía ablandarse de corazón y aun aniñarse ante el niño. Solía ir a hacerle dibujos, lo que encantaba a la criatura. «Abelito, santos!», le pedía. Y Abel no se cansaba de dibujarle perros, gatos, caballos, toros, figuras humanas. Ya le pedía un jinete, ya dos chicos haciendo cachetina, ya un niño corriendo de un perro que le sigue, y que las escenas se repitiesen.