—Joaquín! Joaquín!—clamaba desde el destrozado corazón la pobre mujer.—No digas esas cosas. Ten piedad de mí; ten piedad de tus hijos, de tu nieto que te oye, y que, aunque parece no entenderte, acaso mañana...

—Por eso lo digo, por piedad. No, no te he querido; no he querido quererte. Si volviésemos a empezar! Ahora, ahora es cuando...

No le dejó acabar su mujer, tapándole la moribunda con su boca y como si quisiera recojer en el propio su último aliento.

—Esto te salva, Joaquín.

—Salvarme? Y a qué llamas salvarse?

—Aun puedes vivir unos años, si lo quieres.

—Para qué? Para llegar a viejo? A la verdadera vejez? No; la vejez, no! La vejez egoísta no es más que una infancia en que hay conciencia de la muerte. El viejo es un niño que sabe que ha de morir. No, no quiero llegar a viejo. Reñiría con los nietos por celos, les odiaría... No, no... basta de odio! Pude quererte, debí quererte, que habría sido mi salvación, y no te quise.

Calló. No quiso o no pudo proseguir. Besó a los suyos. Horas después rendía su último cansado respiro.


OBRAS DEL MISMO AUTOR