Helena, la vista en el suelo, callaba.
—Y tú, Helena...
—Yo, Joaquín, te tengo hace tiempo perdonado.
—No te pedía eso. Sólo quiero verte junto a Antonia. Antonia...
La pobre mujer, henchidos de lágrimas los ojos, se echó sobre la cabeza de su marido y como queriendo protegerla.
—Tú has sido aquí la víctima. No pudiste curarme, no pudiste hacerme bueno...
—Pero si lo has sido, Joaquín... Has sufrido tanto!...
—Sí, la tisis del alma. Y no pudiste hacerme bueno porque no te he querido.
—No digas eso!
—Sí, lo digo, lo tengo que decir, y lo digo aquí, delante de todos. No te he querido. Si te hubiera querido me había curado. No te he querido. Y ahora me duele no haberte querido. Si pudiéramos volver a empezar...