—Me perdonas?—le preguntó.

—No hay de qué—dijo Abel.

—Dí que sí, arrímate al abuelo—le dijo su madre.

—Sí!—susurró el niño.

—Dí claro, hijo mío, dí si me perdonas.

—Sí.

—Así, sólo de ti, sólo de ti, que no tienes todavía uso de razón, de ti que eres inocente, necesito perdón. Y no olvides a tu abuelo Abel, al que te hacía los dibujos. Le olvidarás?

—No!

—No, no le olvides, hijo mío, no le olvides. Y tú, Helena...