—Eso es otra cosa.

—Se me murió teniéndole yo en mis manos, cojido del cuello. Aquello fué como un sueño. Toda mi vida ha sido como un sueño. Por eso ha sido como una de esas pesadillas dolorosas que nos caen encima poco antes de despertar, al alba, entre el sueño y la vela. No he vivido ni dormido... ojalá! ni despierto. No me acuerdo ya de mis padres, no quiero acordarme de ellos y confío en que ya muertos me hayan olvidado. Me olvidará también Dios? Sería lo mejor acaso, el eterno olvido. Olvidadme, hijos míos!

—Nunca!—exclamó Abel, yendo a besarle la mano.

—Déjala! Estuvo en el cuello de tu padre al morirse éste. Déjala! Pero no me dejéis. Rogad por mí.

—Padre, padre!—suplicó la hija.

—Por qué he sido tan envidioso, tan malo? Qué hice para ser así? Qué leche mamé? Era un bebedizo de odio? Ha sido un bebedizo mi sangre? Por qué nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: «Odia a tu prójimo como a ti mismo.» Porque he vivido odiándome; porque aquí todos vivimos odiándonos. Pero... traed al niño.

—Padre!

—Traed al niño!

Y cuando el niño llegó le hizo acercarse: