—Tú... tú has sido!
Luego se fué, pálida y convulsa, pero sin perder su compostura, al cuerpo de su marido.
XXXVIII
Pasó un año, en que Joaquín cayó en una honda melancolía. Abandonó sus Memorias, evitaba ver a todo el mundo, incluso a sus hijos. La muerte de Abel había aparecido el natural desenlace de su dolencia, conocida por su hija, pero un espeso bochorno de misterio pesaba sobre la casa. Helena encontró que el traje de luto la favorecía mucho y empezó a vender los cuadros que de su marido le quedaban. Parecía tener cierta aversión al nieto. Al cual le había nacido ya una hermanita.
Postróle, al fin, una oscura enfermedad en el lecho. Y sintiéndose morir, llamó un día a sus hijos, a su mujer, a Helena.
—Os dijo verdad el niño—empezó diciendo,—yo le maté.
—No digas esas cosas, padre—suplicó Abel, su yerno.
—No es hora de interrupciones ni de embustes. Yo le maté. O como si yo le hubiera matado, pues murió en mis manos...