—Me quería robarte a ti, a ti, al único consuelo que le quedaba al pobre Caín! No le dejarán a Caín nada? Ven acá, abrázame.
El niño huyó sin comprender nada de aquello, como se huye de un loco. Huyó llamando a Helena: abuela, abuela!
—Le he matado, sí—continuó Joaquín solo;—pero él me estaba matando; hace más de cuarenta años que me estaba matando. Me envenenó los caminos de la vida con su alegría y con sus triunfos. Quería robarme el nieto...
Al oir pasos precipitados, volviendo Joaquín en sí, volvióse. Era Helena, que entraba.
—Qué pasa... qué sucede... qué dice el niño...
—Que la enfermedad de tu marido ha tenido su fatal desenlace—dijo Joaquín heladamente.
—Y tú?
—Yo no he podido hacer nada. En esto se llega siempre tarde.
Helena le miró fijamente y le dijo: