Levantóse entonces Joaquín, lívido, se fué a Abel y le puso las dos manos, como dos garras, en el cuello, diciendo: Bandido!

Mas al punto las soltó. Abel dió un grito, llevándose las manos al pecho, suspiró un «Me muero!» y dió el último respiro. Joaquín se dijo: «El ataque de angina; ya no hay remedio; se acabó!»

En aquel momento oyó la voz del nieto que llamaba: «Abuelito! Abuelito!» Joaquín se volvió:

—A quién llamas? A qué abuelo llamas? A mí?—Y como el niño callara lleno de estupor ante el misterio que veía:—Vamos, dí, a qué abuelo? A mí?

—No, al abuelito Abel.

—A Abel? Ahí le tienes... muerto. Sabes lo que es eso? Muerto.

Después de haber sostenido en la butaca en que murió el cuerpo de Abel, se volvió Joaquín al nieto y con voz de otro mundo le dijo:

—Muerto, sí! Y le he matado yo, yo, ha matado a Abel Caín, tu abuelo Caín. Mátame ahora si quieres. Me quería robarte; quería quitarme tu cariño. Y me lo ha quitado. Pero él tuvo la culpa; él.

Y rompiendo a llorar, añadió: