—No, Abel, no, no digo eso—y tomó Joaquín tono de quejumbrosa súplica, diciéndole: Vete, vete de aquí, vete a vivir a otra parte, déjame con él... no me lo quites... por lo que te queda...

—Pues por lo que me queda, déjame con él.

—No, que le envenenas con tus mañas, que le desapegas de mí, que le enseñas a despreciarme...

—Mentira, mentira y mentira! Jamás me ha oído ni me oirá nada en desprestigio tuyo.

—Sí, pero basta con lo que le engatusas.

—Y crees tú que por irme yo, por quitarme yo de en medio habría de quererte? Si a ti, Joaquín, aunque uno se proponga no puede quererte... Si rechazas a la gente....

—Lo ves, lo ves...

—Y si el niño no te quiere como tú quieres ser querido, con exclusión de los demás o más que a ellos, es que presiente el peligro, es que teme...

—Y qué teme?—preguntó Joaquín, palideciendo.

---El contagio de tu mala sangre.