Helena se mordió los labios, se ruborizó y calló un momento.

—Sí, eso me ha dicho—repitió Abel, descansando la diestra sobre el tiento que apoyaba en el lienzo, y mirando fijamente a Helena, como queriendo adivinar el sentido de algún rasgo de su cara.

—Pues si se empeña...

-Qué...?

—Que acabará por conseguir que me enamore de algún otro...

Aquella tarde no pintó ya más Abel. Y salieron novios.


III

El éxito del retrato de Helena por Abel fué clamoroso. Siempre había alguien contemplándolo frente al escaparate en que fué expuesto. «Ya tenemos un gran pintor más», decían. Y ella, Helena, procuraba pasar junto al lugar en que su retrato se exponía para oir los comentarios y paseábase por las calles de la ciudad como un inmortal retrato viviente, como una obra de arte haciendo la rueda. No había acaso nacido para eso?

Joaquín apenas dormía.