—Me tiene ella, te digo.
—Sí, ya te tiene la pava real, la belleza profesional, la Joconda... Serás su pintor... La pintarás en todas posturas y en todas formas, a todas las luces, vestida y sin vestir...
—Joaquín!
—Y así la inmortalizarás. Vivirá tanto como tus cuadros vivan. Es decir, vivirá, no! Porque Helena no vive; durará. Durará como el mármol, de que es. Porque es de piedra, fría y dura, fría y dura como tú. Montón de carne...!
—No te sulfures, te he dicho.
—Pues no he de sulfurarme, hombre, pues no he de sulfurarme! Esto es una infamia, una canallada!
Sintióse abatido y calló, como si le faltaran palabras para la violencia de su pasión.
—Pero ven acá, hombre—le dijo Abel con su voz más dulce, que era la más terrible—y reflexiona. Iba yo a hacer que te quisiese si ella no quiere quererte? Para novio no le eres...
—Sí, no soy simpático a nadie; nací condenado.
—Te juro, Joaquín...