—Y crees, Helena, que hay alguien, hombre o mujer, que pueda quererme?
—No hay nadie que no pueda encontrar quien le quiera.
—Y querré yo a mi mujer? Podré quererla, dime?
—Hombre, pues no faltaba más...
—Porque mira, Helena, no es lo peor no ser querido, no poder ser querido; lo peor es no poder querer.
—Eso dice don Mateo, el párroco, del demonio, que no puede querer.
—Y el demonio anda por la tierra, Helena.
—Cállate y no me digas esas cosas.
—Es peor que me las diga a mí mismo.
—Pues cállate!