—La mía? Para qué? Para quién?
—Quién sabe...!
Llegó la muerte de la pobre viuda.
—No ha podido ser, Antonia—dijo Joaquín.—La ciencia es impotente!
—Sí, Dios lo ha querido!
—Dios?
—Ah—y los ojos bañados en lágrimas de Antonia clavaron su mirada en los de Joaquín, enjutos y acerados.—Pero usted no cree en Dios?
—Yo...? No lo sé...!
A la pobre huérfana la compunción de piedad que entonces sintió por el médico aquel le hizo olvidar un momento la muerte de su madre.
—Y si yo no creyera en él, qué haría ahora?