—La vida todo lo puede, Antonia.

—Puede más la muerte! Y ahora... tan sola... sin nadie...

—Eso sí, la soledad es terrible. Pero usted tiene el recuerdo de su santa madre, el vivir para encomendarla a Dios... Hay otra soledad mucho más terrible!

—Cual?

—La de aquel a quien todos menosprecian, de quien todos se burlan... la del que no encuentra quien le diga la verdad...

—Y qué verdad quiere usted que se le diga?

—Me la dirá usted, ahora, aquí, sobre el cuerpo aun tibio de su madre? Jura usted decírmela?

—Sí, se la diré.

—Bien, yo soy antipático, no es así?