—No, no es así!

—La verdad, Antonia...

—No, no es así!

—Pues qué soy...?

—Usted? Usted es un desgraciado, un hombre que sufre...

Derritiósele a Joaquín el hielo y asomáronsele unas lágrimas a los ojos. Y volvió a temblar hasta las raíces del alma.

Poco después Joaquín y la huérfana formalizaban sus relaciones, dispuestos a casarse luego que pasase el año de luto de ella.

«Pobre mi mujercita!—escribía, años después, Joaquín en su Confesión—empeñada en quererme y en curarme, en vencer la repugnancia que sin duda yo debía de inspirarle. Nunca me lo dijo, nunca me lo dió a entender, pero podía no inspirarle yo repugnancia, sobre todo cuando le descubrí la lepra de mi alma, la gangrena de mis odios? Se casó conmigo como se habría casado con un leproso, no me cabe duda de ello, por divina piedad, por espíritu de abnegación y de sacrificio cristianos, para salvar mi alma y así salvar la suya, por heroísmo de santidad. Y fué una santa! Pero no me curó de Helena; no me curó de Abel! Su santidad fué para mí un remordimiento más.

»Su mansedumbre me irritaba. Había veces en que, Dios me perdone!, la habría querido mala, colérica, despreciativa.»