»Y al salir me decía: «Yo la dejé morir y él la resucita!»

Sufría Joaquín mucho cada vez que se le morían algunos de sus enfermos, sobre todo los niños, pero la muerte de otros le tenía sin grave cuidado. «Para qué querrá vivir...?—decíase de algunos.—Hasta le haría un favor dejándole morir...»

Sus facultades de observador psicólogo habíansele aguzado con su pasión de ánimo y adivinaba al punto las más ocultas lacerías morales. Percatábase en seguida, bajo el embuste de las convenciones, de que maridos preveían sin pena, cuando no deseaban, la muerte de sus mujeres y qué mujeres ansiaban verse libres de sus maridos, acaso para tomar otros de antemano escojidos ya. Cuando al año de la muerte de su cliente Alvarez, la viuda se casó con Menéndez, amigo íntimo del difunto, Joaquín se dijo: «Sí que fué rara aquella muerte... Ahora me la explico... La humanidad es lo más cochino que hay, y la tal señora, dama caritativa, una de las señoras de lo más honrado...!»

—Doctor—le decía una vez uno de sus enfermos—máteme usted, por Dios, máteme usted sin decirme nada, que ya no puedo más... Deme algo que me haga dormir para siempre...

«Y por qué no había de hacer lo que este hombre quiere?—se decía Joaquín—si no vive más que para sufrir? Me da pena! Cochino mundo!»

Y eran sus enfermos para él no pocas veces espejos.

Un día le llegó una pobre mujer de la vecindad, gastada por los años y los trabajos, cuyo marido, en los veinticinco años de matrimonio, se había enredado con una pobre aventurera. Iba a contarle sus cuitas la mujer desdeñada.

—Ay, don Joaquín—le decía,—usted, que dicen que sabe tanto, a ver si me da un remedio para que le cure a mi pobre marido del bebedizo que le ha dado esa pelona.

—Pero qué bebedizo, mujer de Dios?

—Se va a ir a vivir con ella, dejándome a mí, al cabo de veinticinco años...