—Más extraño es que la hubiese dejado de recién casados, cuando usted era joven y acaso...
—Ah, no, señor, no! Es que le ha dado un bebedizo trastornándole el seso, porque si no, no podría ser... no podría ser...
—Bebedizo... bebedizo...—murmuró Joaquín.
—Sí, don Joaquín, sí, un bebedizo... Y usted, que sabe tanto, deme un remedio para él.
—Ay, buena mujer; ya los antiguos trabajaron en balde para encontrar un agua que los rejuveneciese...
Y cuando la pobre mujer se fué desolada, Joaquín se decía: «Pero no se mirará al espejo esta desdichada? No verá el estrago de los años de rudo trabajo? Estas gentes del pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a envidias... Que no encuentran trabajo...? Envidias! Que les sale algo mal? Envidias. El que todos sus fracasos los atribuye a ajenas envidias es un envidioso. Y no lo seremos todos? No me habrán dado un bebedizo?»
Durante unos días apenas pensó más que en el bebedizo. Y acabó diciéndose: «Es el pecado original!»
IX
Casóse Joaquín con Antonia buscando en ella un amparo, y la pobre adivinó desde luego su menester, el oficio que hacía en el corazón de su marido y cómo le era un escudo y un posible consuelo. Tomaba por marido a un enfermo, acaso a un inválido incurable, del alma; su misión era la de una enfermera. Y le aceptó llena de compasión, llena de amor a la desgracia de quien así unía su vida a la de ella.