Sentía Antonia que entre ella y su Joaquín había como un muro invisible, una cristalina y trasparente muralla de hielo. Aquel hombre no podía ser de su mujer, porque no era de sí mismo, dueño de sí, sino a la vez un enajenado y un poseído. En los más íntimos trasportes del trato conyugal, una invisible sombra fatídica se interponía entre ellos. Los besos de su marido parecíanle besos robados, cuando no de rabia.
Joaquín evitaba hablar de su prima Helena delante de su mujer, y ésta, que se percató de ello al punto, no hacía sino sacarla a colación a cada paso en sus conversaciones.
Esto en un principio, que más adelante evitó mentarla.
Llamáronle un día a Joaquín a casa de Abel, como a médico, y se enteró de que Helena llevaba ya en sus entrañas fruto de su marido, mientras que su mujer, Antonia, no ofrecía aún muestra alguna de ello. Y al pobre le asaltó una tentación vergonzosa, de que se sentía abochornado, y era la de un diablo que le decía: «Ves? Hasta es más hombre que tú! El, el que con su arte resucita e inmortaliza a los que tú dejas morir por tu torpeza, él tendrá pronto un hijo, traerá un nuevo viviente, una obra suya de carne y sangre y hueso al mundo, mientras tú... Tú acaso no seas capaz de ello... Es más hombre que tú!»
Entró mustio y sombrío en el puerto de su hogar.
—Vienes de casa de Abel, no?—le preguntó su mujer.
—Sí. En qué lo has conocido?
—En tu cara. Esa casa es tu tormento. No debías ir a ella...
—Y qué voy a hacer?
—Excusarte! Lo primero es tu salud y tu tranquilidad...