—Aprensiones tuyas...

—No, Joaquín, no quieras ocultármelo...—y no pudo continuar, porque las lágrimas le ahogaron la voz.

Sentóse la pobre Antonia. Los sollozos se le arrancaban de cuajo.

—Pero qué te pasa, mujer, qué es eso...?

—Dime tú lo que a ti te pasa, Joaquín, confíamelo todo, confiésate conmigo...

—No tengo nada de que acusarme...

—Vamos, me dirás la verdad, Joaquín, la verdad?

El hombre vaciló un momento, pareciendo luchar con un enemigo invisible, con el diablo de su guarda, y con voz arrancada de una resolución súbita, desesperada, gritó casi:

—Sí, te diré la verdad, toda la verdad!

—Tú quieres a Helena; tú estás enamorado todavía de Helena.