—No, no lo estoy! no lo estoy! lo estuve; pero no lo estoy ya, no!
—Pues entonces?...
—Entonces, qué?
—A qué esa tortura en que vives? Porque esa casa, la casa de Helena, es la fuente de tu malhumor, esa casa es la que no te deja vivir en paz, es Helena...
—Helena no! Es Abel!
—Tienes celos de Abel?
—Sí, tengo celos de Abel; le odio, le odio, le odio—y cerraba la boca y los puños al decirlo, pronunciándolo entre dientes.
—Tienes celos de Abel... luego quieres a Helena.
—No, no quiero a Helena. Si fuese de otro no tendría celos de este otro. No, no quiero a Helena, la desprecio, desprecio a la pava real esa, a la belleza profesional, a la modelo del pintor de moda, a la querida de Abel...
—Por Dios, Joaquín, por Dios...!