—Sí, a su querida... legítima. O es que crees que la bendición de un cura cambia un arrimo en matrimonio?
—Mira, Joaquín, que estamos casados como ellos...
—Como ellos no, Antonia, como ellos, no! Ellos se casaron por rebajarme, por humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para burlarse de mí; ellos se casaron contra mí.
Y el pobre hombre rompió en unos sollozos que le ahogaban el pecho, cortándole el respiro. Se creía morir.
—Antonia... Antonia...—suspiró con un hilito de voz apagada.
—Pobre hijo mío!—exclamó ella abrazándole.
Y le tomó en su regazo como a un niño enfermo, acariciándole. Y le decía:
—Cálmate, mi Joaquín, cálmate... Estoy aquí yo, tu mujer, toda tuya y sólo tuya. Y ahora que sé del todo tu secreto, soy más tuya que antes y te quiero más que nunca... Olvídalos... desprécialos... Habría sido peor que una mujer así te hubiese querido...
—Sí, pero él, Antonia, él...
—Olvídale!