—No puedo olvidarle... me persigue... su fama, su gloria me sigue a todas partes...
—Trabaja tú y tendrás fama y gloria, porque no vales menos que él. Deja la clientela, que no la necesitamos, vámonos de aquí a Renada, a la casa que fué de mis padres, y allí dedícate a lo que más te guste, a la ciencia, a hacer descubrimientos de esos y que se hable de ti... yo te ayudaré en lo que pueda... yo haré que no te distraigan... y serás más que él...
—No puedo, Antonia, no puedo; sus éxitos me quitan el sueño y no me dejarían trabajar en paz... la visión de sus cuadros maravillosos se pondría entre mis ojos y el microscopio y no me dejaría ver lo que otros no han visto aún por él... No puedo... no puedo...
Y bajando la voz como un niño, casi balbuciendo como atontado por la caída en la sima de su abyección, sollozó diciendo:
—Y van a tener un hijo, Antonia...
—También nosotros lo tendremos—le suspiró ella al oído, envolviéndolo en un beso—no me lo negará la Santísima Virgen a quien se lo pido todos los días... Y el agua bendita de Lourdes...
—También tú crees en bebedizos, Antonia?
—Creo en Dios!
—«Creo en Dios»—se repitió Joaquín al verse sólo; sólo con el otro—; «y qué es creer en Dios? Dónde está Dios? Tendré que buscarle!»