—Y no te lo has preguntado tú antes de ponerte a pintar tu cuadro?
—Aún no... Acaso porque Dios veía ya en Caín el futuro matador de su hermano... al envidioso...
—Entonces es que le había hecho envidioso, es que le había dado un bebedizo. Sigue leyendo.
—«Y ensañóse Caín en gran manera y decayó su semblante. Y entonces Jehová dijo a Caín: Por qué te has ensañado? y por qué se ha demudado tu rostro? Si bien hicieres, no serás ensalzado? y si no hicieres bien el pecado está a tu puerta. Ahí está que te desea, pero tú le dominarás...»
—Y le venció el pecado—interrumpió Joaquín—porque Dios le había dejado de su mano. Sigue!
—«Y habló Caín a su hermano Abel, y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y le mató. Y Jehová dijo a Caín...»
—Basta! No leas más. No me interesa lo que Jehová dijo a Caín luego que la cosa no tenía ya remedio.
Apoyó Joaquín los codos en la mesa, la cara entre las palmas de la mano, y clavando una mirada helada y punzante en la mirada de Abel, sin saber de qué alarmado, le dijo:
—No has oído nunca una especie de broma que gastan con los niños que aprenden de memoria la Historia sagrada cuando les preguntan: «Quién mató a Caín?»