—No!

—Pues sí, les preguntan eso y los niños, confundiéndose, suelen decir: «su hermano Abel!»

—No sabía eso.

—Pues ahora lo sabes. Y dime, tú que vas a pintar esa escena bíblica... y tan bíblica! no se te ha ocurrido pensar que si Caín no mata a Abel habría sido éste el que habría acabado matando a su hermano?

—Y cómo se te puede ocurrir eso?

—Las ovejas de Abel eran aceptas a Dios, y Abel, el pastor, hallaba gracia a los ojos del Señor, pero los frutos de la tierra de Caín, del labrador, no gustaban a Dios ni tenía para él gracia Caín. El agraciado, el favorito de Dios era Abel... el desgraciado Caín...

—Y qué culpa tenía Abel de eso?

—Ah, pero tú crees que los afortunados, los agraciados, los favoritos, no tienen culpa de ello? La tienen de no ocultar y ocultar como una vergüenza, que lo es todo favor gratuito, todo privilegio no ganado por propios méritos, de no ocultar esa gracia en vez de hacer ostentación de ella. Porque no me cabe duda de que Abel restregaría a los hocicos de Caín su gracia, le azuzaría con el humo de sus ovejas sacrificadas a Dios. Los que se creen justos suelen ser unos arrogantes que van a deprimir a los otros con la ostentación de su justicia. Ya dijo quien lo dijera que no hay canalla mayor que las personas honradas...

—Y tú sabes—le preguntó Abel sobrecojido por la gravedad de la conversación—qué Abel se jactara de su gracia?

—No me cabe duda, ni de que no tuvo respeto a su hermano mayor, ni pidió al Señor gracia también para él. Y sé más, y es que los abelitas han inventado el infierno para los cainitas porque si no su gloria les resultaría insípida. Su goce está en ver, libres de padecimiento, padecer a los otros...