Y este juicio de Abel llegó a oídos del juzgado, de Joaquín, y le sumió más en sus cavilaciones. «Qué pensará en realidad de mí?», se decía.—«Será cierto que me tiene así, por un alma de fuego, tormentosa? Será cierto que me reconoce víctima del capricho de la suerte?»
Llegó en esto a algo de que tuvo que avergonzarse hondamente, y fué que, recibida en su casa una criada que había servido en la de Abel, la requirió de ambiguas familiaridades aun sin comprometerse, no más que para inquirir de ella lo que en la otra casa hubiera oído decir de él.
—Pero, vamos, dime, es que no les oíste nunca nada de mí?
—Nada, señorito, nada.
—Pero no hablaban alguna vez de mí?
—Como hablar, sí, creo que sí, pero no decían nada.
—Nada, nunca nada?
—Yo no les oía hablar. En la mesa, mientras yo les servía, hablaban poco y cosas de esas de que se habla en la mesa. De los cuadros de él...