—Lo comprendo. Pero nada, nunca nada de mí?
—No me acuerdo.
Y al separarse de la criada sintió Joaquín entrañada aversión a sí mismo. «Me estoy idiotizando—se dijo.—Qué pensará de mí esta muchacha!» Y tanto le acongojó esto que hizo que con un pretexto cualquiera se le despachase a aquella criada. «Y si ahora va—se dijo luego—y vuelve a servir a Abel y le cuenta esto?» Por lo que estuvo a punto de pedir a su mujer que volviera a llamarla. Mas no se atrevió. E iba siempre temblando de encontrarla por la calle.
XIV
Llegó el día del banquete. Joaquín no durmió la noche de la víspera.
—Voy a la batalla, Antonia—le dijo a su mujer al salir de casa.
—Que Dios te ilumine y te guíe, Joaquín.
—Quiero ver a la niña, a la pobre Joaquinita...
—Sí, ven, mírala... está dormida...