—Has visto cómo lloraba Abel?—decía uno al salir.
—Es que este discurso de Joaquín vale por todos los cuadros del otro. El discurso ha hecho el cuadro. Habrá que llamarle el cuadro del discurso. Quita el discurso y qué queda del cuadro? Nada! A pesar del primer premio.
Cuando Joaquín llegó a casa, Antonia salió a abrirle la puerta y a abrazarle:
—Ya lo sé, ya me lo han dicho. Así, así! Vales más que él, mucho más que él; que sepa que si su cuadro vale será por tu discurso.
—Es verdad, Antonia, es verdad, pero...
—Pero qué? Todavía...
—Todavía, sí. No quiero decirte las cosas que el demonio, mi demonio, me decía mientras nos abrazábamos...
—No, no me las digas, cállate!
—Pues tápame la boca.