Y ella se la tapó con un beso largo, cálido, húmedo, mientras se le nublaban de lágrimas los ojos.

—A ver si así me sacas el demonio, Antonia, a ver si me lo sorbes.

—Sí, para quedarme con él, no es eso?—y procuraba reirse la pobre.

—Sí, sórbemelo, que a ti no puede hacerte daño, que en ti se morirá, se ahogará en tu sangre como en agua bendita...

Y cuando Abel se encontró en su casa, a solas con su Helena, ésta le dijo:

—Ya han venido a contarme lo del discurso de Joaquín. Ha tenido que tragar tu triunfo... ha tenido que tragarte...!

—No hables así, mujer, que no le has oído.

—Como si le hubiese oído,

—Le salía del corazón. Me ha conmovido. Te digo que ni yo sé lo que he pintado hasta que no le he oído a él explicárnoslo.