—No te fíes... no te fíes de él... cuando tanto le ha elogiado, por algo será...

—Y no puede haber dicho lo que sentía?

---Tú sabes que está muerto de envidia de ti...

—Cállate.

—Muerto, sí, muertito de envidia de ti...

—Cállate, cállate, mujer, cállate!

—No, no son celos, porque él ya no me quiere, si es que me quiso... es envidia... envidia...

—Cállate! Cállate!—rugió Abel.

—Bueno, me callo, pero tú verás...

—Ya he visto y he oído y me basta. Cállate, digo!