—Bueno, bueno, déjame!
—No, no te dejaré. Vete a confesarte, te lo ruego.
—Y qué dirán los que conocen mis ideas?
—Ah, es eso? Son respetos humanos?
Mas la cosa empezó a hacer mella en el corazón de Joaquín y se preguntó si realmente no creía y aun sin creer quiso probar si la Iglesia podría curarle. Y empezó a frecuentar el templo, algo demasiado a las claras, como en son de desafío a los que conocían sus ideas irreligiosas, y acabó yendo a un confesor. Y una vez en el confesonario se le desató el alma.
—Le odio, padre, le odio con toda mi alma, y a no creer como creo, a no querer creer como quiero creer, le mataría...
—Pero eso, hijo mío, eso no es odio; eso es más bien envidia.
—Todo odio es envidia, padre, todo odio es envidia.
—Pero debe cambiarlo en noble emulación, en deseo de hacer en su profesión y sirviendo a Dios, lo mejor que pueda...
—No puedo, no puedo, no puedo trabajar. Su gloria no me deja.