A los pocos días fué a casa de Abel, acechando la hora en que éste se hallara fuera de ella. Encontró a Helena sola con el niño, a aquella Helena, a cuya imagen divinizada había en vano pedido protección y salvación.

—Ya me ha dicho Abel—le dijo su prima—que ahora te ha dado por la iglesia. Es que Antonia te ha llevado a ella, o es que vas huyendo de Antonia?

—Pues?

—Porque los hombres soléis haceros beatos o a rastras de la mujer o escapando de ella...

—Hay quien escapa de la mujer, y no para ir a la iglesia precisamente.

—Sí, eh?

—Sí, pero tu marido, que te ha venido con el cuento ese, no sabe algo más, y es que no sólo rezo en la iglesia...

—Es claro! Todo hombre devoto debe hacer sus devociones en casa.

—Y las hago. Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me salve.

—Me parece muy bien.