—Y sabes ante qué imagen pido eso?

—Si tú no me lo dices...

—Ante la que pintó tu marido...

Helena volvió la cara de pronto, enrojecida, al niño que dormía en un rincón del gabinete. La brusca violencia del ataque la desconcertó. Mas reponiéndose dijo:

—Eso me parece una impiedad de tu parte y prueba, Joaquín, que tu nueva devoción no es más que una farsa y algo peor...

—Te juro, Helena...

—El segundo: no jurar su santo nombre en vano.

—Pues te juro, Helena, que mi conversión fué verdadera, es decir que he querido creer, que he querido defenderme con la fe de una pasión que me devora...

—Sí, conozco tu pasión.