—No, no la conoces!
—La conozco. No puedes sufrir a Abel.
—Pero por qué no puedo sufrirle?
—Eso tú lo sabrás. No has podido sufrirle nunca, ni aun antes de que me le presentases.
—Falso!... Falso!
—Verdad! Verdad!
—Y por qué no he de poder sufrirle?
—Pues porque adquiere fama, porque tiene renombre... No tienes tú clientela? No ganas con ella?
—Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, toda la verdad. No me basta con eso! Yo querría haberme hecho famoso, haber hallado algo nuevo en mi ciencia, haber unido mi nombre a algún descubrimiento científico...
—Pues ponte a ello, que talento no te falta.