—Ponerme a ello... ponerme a ello... Habríame puesto a ello, sí, Helena, si hubiese podido haber puesto esa gloria a tus pies...
—Y por qué no a los de Antonia?
—No hablemos de ella!
—Ah, pero has venido a esto? Has espiado el que mi Abel—y recalcó el mi—estuviese fuera para venir a esto?
—Tu Abel... tu Abel... valiente caso hace de ti tu Abel!
—Qué? También delator, acusique, soplón?
—Tu Abel tiene otros modelos que tú.
—Y qué?—exclamó Helena, irguiéndose.—Y qué si las tiene? Señal de que sabe ganarlas! O es que también de eso le tienes envidia? Es que no tienes más remedio que contentarte con... tu Antonia? Ah, y porque él ha sabido buscarse otra vienes tú aquí hoy a buscarte otra también? Y vienes así, con chismes de estos? No te da vergüenza, Joaquín? Quítate, quítate de ahí, que me da bascas sólo el verte.
—Por Dios, Helena, que me estás matando... que me estás matando!