—Anda, vete, vete a la iglesia, hipócrita, envidioso; vete a que tu mujer te cure, que estás muy malo.

—Helena, Helena, que tú sola puedes curarme! Por cuanto más quieras, Helena, mira que pierdes para siempre a un hombre!

—Ah, y quieres que por salvarte a ti pierda a otro, al mío?

—A ese no le pierdes; le tienes ya perdido. Nada le importa de ti. Es incapaz de quererte. Yo, yo soy el que te quiero, con toda mi alma, con un cariño como no puedes soñar.

Helena se levantó, fué al niño y despertándolo, cojiólo en brazos, y volviendo a Joaquín le dijo: «Vete! Es éste, el hijo de Abel, quien te echa de su casa; vete!»


XVIII

Joaquín empeoró. La ira al conocer que se había desnudado el alma ante Helena, y el despecho por la manera como ésta le rechazó, en que vió claro que le despreciaba, acabó de enconarle el ánimo. Mas se dominó buscando en su mujer y en su hija consuelo y remedio. Ensombreciósele aun más su vida de hogar; se le agrió el humor.

Tenía entonces en casa una criada muy devota, que procuraba oir misa diaria y se pasaba las horas que el servicio le dejaba libre, encerrada en su cuarto haciendo sus devociones. Andaba con los ojos bajos, fijos en el suelo, y respondía a todo con la mayor mansedumbre y en voz algo gangosa. Joaquín no podía resistirla y la regañaba con cualquier pretexto. «Tiene razón el señor», solía decirle ella.