—Cómo que tengo razón?—exclamó una vez, ya perdida la paciencia, él, el amo.—No, ahora no tengo razón!
—Bueno, señor, no se enfade, no la tendrá.
—Y nada más?
—No le entiendo, señor.
—Cómo que no me entiendes, gazmoña, hipócrita? Por qué no te defiendes? Por qué, no me replicas? Por qué no te rebelas?
—Rebelarme yo? Dios y la Santísima Virgen me defiendan de ello, señor.
—Pero quieres más—intervino Antonia—sino que reconozca sus faltas?
—No, no las reconoce. Está llena de soberbia!
—De soberbia yo, señor?
—Lo ves? Es la hipócrita soberbia de no reconocerla. Es que está haciendo conmigo, a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; es que toma mis accesos de mal humor como cilicios para ejercitarse en la virtud de la paciencia. Y a mi costa, no! No, no y no! A mi costa, no! A mí no se me toma de instrumento para hacer méritos para el cielo. Eso es hipocresía!