La criadita lloraba, rezando entre dientes.

—Pero y si es verdad, Joaquín—dijo Antonia—que realmente es humilde... Por qué va a rebelarse? Si se hubiese rebelado te habrías irritado aún más.

—No! Es una canallada tomar las flaquezas del prójimo como medio para ejercitarnos en la virtud. Que me replique, que se insolente, que sea persona... y no criada...

—Entonces, Joaquín, te irritaría más.

—No, lo que más me irrita son esas pretensiones a mayor perfección.

—Se equivoca usted, señor—dijo la criada, sin levantar los ojos del suelo;—yo no me creo mejor que nadie.

—No, eh? Pues yo sí! Y el que no se crea mejor que otro, es un mentecato. Tú te creerás la más pecadora de las mujeres, es eso? Anda, responde!

—Esas cosas no se preguntan, señor.

—Anda, responde, que también San Luis Gonzaga dicen que se creía el más pecador de los hombres; responde: te crees, sí o no, la más pecadora de las mujeres?

—Los pecados de las otras no van a mi cuenta, señor.