—Idiota, más que idiota. Vete de ahí!

—Dios le perdone, como yo le perdono, señor.

—De qué? Ven y dímelo, de qué? De qué me tiene que perdonar Dios? Anda, dilo.

—Bueno, señora, lo siento por usted, pero me voy de esta casa.

—Por ahí debiste empezar—concluyó Joaquín.

Y luego, a solas con su mujer, le decía:

—Y no irá diciendo esta gatita muerta que estoy loco? No lo estoy acaso, Antonia? Dime, estoy loco, sí o no?

—Por Dios, Joaquín, no te pongas así...

—Sí, sí creo estar loco... Enciérrame. Esto va a acabar conmigo.

—Acaba tú con ello.