Y volvió al Casino. Era inútil resistirlo. Cada día se inventaba a sí mismo un pretexto para ir allá. Y el molino de la peña seguía moliendo.
Allí estaba Federico Cuadrado, implacable, que en cuanto oía que alguien elogiaba a otro preguntaba: «Contra quién va ese elogio?»
—Porque a mí—decía con su vocecita fría y cortante—no me la dan con queso; cuando se elogia mucho a uno, se tiene presente a otro al que se trata de rebajar con ese elogio, a un rival del elogiado. Eso cuando no se le elogia con mala intención, por ensañarse en él... Nadie elogia con buena intención.
—Hombre—le replicaba León Gómez, que se gozaba en dar cuerda al cínico Cuadrado—ahí tienes a don Leovigildo, al cual nadie le ha oído todavía hablar mal de otro...
—Bueno—intercalaba un diputado provincial,—es que don Leovigildo es un político y los políticos deben estar a bien con todo el mundo. Qué dices Federico?
—Digo que don Leovigildo se morirá sin haber hablado mal ni pensado bien de nadie. El no dará acaso ni el más lijero empujoncito para que otro caiga, ni aunque no se lo vean, porque no sólo teme al código penal, sino también al infierno; pero si el otro se cae y se rompe la crisma, se alegrará hasta los tuétanos. Y para gozarse en la rotura de la crisma del otro, será el primero que irá a condolerse de su desgracia y darle el pésame.
—Yo no sé cómo se puede vivir sintiendo así—dijo Joaquín.
—Sintiendo cómo?—le arguyó al punto Federico.—Como siente don Leovigildo, como siento yo o como sientes tú?
—De mí nadie ha hablado!—Y esto lo dijo con acre displicencia.