Volvía por no poder sufrir la soledad. Pues en la soledad, jamás lograba estar solo, sino que siempre allí el otro. El otro! Llegó a sorprenderse en diálogo con él, tramando lo que el otro le decía. Y el otro, en estos diálogos solitarios, en estos monólogos dialogados, le decía cosas indiferentes o gratas, no le mostraba ningún rencor. «Por qué no me odia, Dios mío!—llegó a decirse.—Por qué no me odia?»
Y se sorprendió un día a sí mismo a punto de pedir a Dios, en infame oración diabólica, que infiltrase en el alma de Abel odio a él, a Joaquín. Y otra vez: «Ah, si me envidiase... si me envidiase...!» Y a esta idea, que como fulgor lívido cruzó por las tinieblas de su espíritu de amargura, sintió un gozo como de derretimiento, un gozo que le hizo temblar hasta los tuétanos del alma, escalofriados. Ser envidiado...! Ser envidiado...!
«Mas no es esto—se dijo luego—que me odio, que me envidio a mí mismo...?» Fuese a la puerta, la cerró con llave, miró a todos lados, y al verse solo arrodillóse murmurando con lágrimas de las que escaldan en la voz: «Señor, Señor. Tú me dijiste: ama a tu prójimo como a ti mismo! Y yo no amo al prójimo, no puedo amarle, porque no me amo, no sé amarme, no puedo amarme a mí mismo. Qué has hecho de mí, Señor!»
Fué luego a cojer la Biblia y la abrió por donde dice: «Y Jehová dijo a Caín: dónde está Abel tu hermano?» Cerró lentamente el libro, murmurando: «Y dónde estoy yo?» Oyó entonces ruido fuera y se apresuró a abrir la puerta. «Papá, papaíto!», exclamó su hija al entrar. Aquella voz fresca pareció volverle a la luz. Besó a la muchacha y rozándole el oído con la boca le dijo bajo, muy bajito, para que no lo oyera nadie: «Reza por tu padre, hija mía!»
—Padre! Padre!—gimió la muchacha, echándole los brazos al cuello.
Ocultó la cabeza en el hombro de la hija y rompió a llorar.
—Qué te pasa, papá, estás enfermo?
—Sí, estoy enfermo. Pero no quieras saber más.