—Le dejarás un nombre.
—Los nombres no se cotizan.
—El tuyo, sí!
—Mi firma, pero es... Sánchez! Y menos mal si no le da por firmar Abel S. Puig!—que le hagan marqués de Casa Sánchez. Y luego el Abel quita la malicia al Sánchez. Abel Sánchez suena bien.
XXI
Huyendo de sí mismo, y para ahogar con la constante presencia del otro, de Abel, en su espíritu, la triste conciencia enferma que se le presentaba, empezó a frecuentar una peña del Casino. Aquella conversación ligera le serviría como de narcótico, o más bien se embriagaría con ella. No hay quien se entrega a la bebida para ahogar una pasión devastadora en ella, para derretir en vino un amor frustrado? Pues él se entregaría a la conversación casinera, a oirla más que a tomar parte muy activa en ella, para ahogar también su pasión. Sólo que el remedio, fué peor que la enfermedad.
Iba siempre decidido a contenerse, a reir y bromear, a murmurar como por juego, a presentarse a modo de desinteresado espectador de la vida, bondadoso como un escéptico de profesión, atento a lo de que comprender es perdonar, y sin dejar traslucir el cáncer que le devoraba la voluntad. Pero el mal le salía por la boca, en las palabras, cuando menos lo esperaba, y percibían todos en ellas el hedor del mal. Y volvía a casa irritado contra sí mismo, reprochándose su cobardía y el poco dominio sobre sí y decidido a no volver más a la peña del Casino. «No—se decía—no vuelvo, no debo volver; esto me empeora, me agrava; aquel ámbito es deletéreo; no se respira allí más que malas pasiones retenidas; no, no vuelvo; lo que yo necesito es soledad, soledad. Santa soledad!»
Y volvía.