—Político honrado!—saltó Federico.—Eso sí que no!
—Y por qué?—preguntaron tres a coro.
—Que por qué? Porque lo ha dicho él mismo. Porque tuvo en un discurso la avilantez de llamarse a sí mismo honrado. No es honrado declararse tal. Dice el Evangelio que Cristo Nuestro Señor...
—No mientes a Cristo, te lo suplico!—le interrumpió Joaquín.
—Qué? Te duele también Cristo, hijo mío?
Hubo un breve silencio, oscuro y frío.
—Dijo Cristo Nuestro Señor—recalcó Federico—que no le llamaran bueno, que bueno era sólo Dios. Y hay cochinos cristianos que se atreven a llamarse a sí mismos honrados!
—Es que honrado no es precisamente bueno—intercaló don Vicente, el magistrado.
—Ahora lo ha dicho usted, don Vicente. Y gracias a Dios que le oigo a un magistrado alguna sentencia razonable y justa!