—De modo—dijo Joaquín—que uno no debe confesarse honrado. Y pillo?

—No hace falta.

—Lo que quiere el señor Cuadrado—dijo don Vicente, el magistrado—es que los hombres se confiesen bellacos y sigan siéndolo; no es eso?

—Bravo!—exclamó el diputado provincial.

—Le diré a usted, hijo mío—contestó Federico, pensando la respuesta.—Usted debe saber cuál es la excelencia del sacramento de la confesión en nuestra sapientísima Madre Iglesia...

—Alguna otra barbaridad—interrumpió el magistrado.

—Barbaridad, no, sino muy sabia institución. La confesión sirve para pecar más tranquilamente, pues ya sabe uno que le ha de ser perdonado su pecado. No es así, Joaquín?

—Hombre, si uno no se arrepiente...

—Sí, hijo mío, sí, si uno se arrepiente, pero vuelve a pecar y vuelve a arrepentirse y sabe cuando peca que se arrepentirá y sabe cuando se arrepiente que volverá a pecar, y acaba por pecar y arrepentirse a la vez; no es así?