—Pero padre no es el que engendra; es el que cría...
—Es que ese, el que creéis que me ha criado, no me ha criado sino que me destetó con el veneno del odio que guarda al otro, al que me hizo y le obligó a casarse con mi madre.
XXIV
Concluyó la carrera el hijo de Abel, Abelín, y acudió su padre, a su amigo, por si quería tomarle de ayudante para que a su lado practicase. Lo aceptó Joaquín.
«Le admití—escribía más tarde en su Confesión, dedicada a su hija—por una extraña mezcla de curiosidad, de aborrecimiento a su padre, de afecto al muchacho, que me parecía entonces una medianía y por un deseo de libertarme así de mi mala pasión a la vez que, por más debajo de mi alma, mi demonio me decía que con el fracaso del hijo me vengaría del encumbramiento del padre. Quería por un lado, con el cariño al hijo, redimirme del odio al padre, y por otro lado me regodeaba esperando que si Abel Sánchez triunfó en la pintura, otro Abel Sánchez de su sangre marraría en la Medicina. Nunca pude figurarme entonces cuán hondo cariño cobraría luego al hijo del que me amargaba y entenebrecía la vida del corazón.»
Y así fué que Joaquín y el hijo de Abel sintiéronse atraídos el uno al otro. Era Abelín rápido de comprensión y se interesaba por las enseñanzas de Joaquín, a quien empezó llamando maestro. Este su maestro se propuso hacer de él un buen médico y confiarle el tesoro de su experiencia clínica. «Le guiaré—se decía—a descubrir las cosas que esta maldita inquietud de mi ánimo me ha impedido descubrir a mí».
—Maestro,—le preguntó un día Abelín,—por qué no recoje usted todas esas observaciones dispersas, todas esas notas y apuntes que me ha enseñado y escribe un libro? Sería interesantísimo y de mucha enseñanza. Hay cosas hasta geniales, de una extraordinaria sagacidad científica.
—Pues mira, hijo—(que así solía llamarle) respondió—yo no puedo, no puedo... No tengo humor para ello, me faltan ganas, coraje, serenidad, no sé qué...
—Todo sería ponerse a ello...