—Sí, hijo, sí, todo sería ponerse a ello, pero cuantas veces lo he pensado no he llegado a decidirme. Ponerme a escribir un libro... y en España... y sobre Medicina...! No vale la pena. Caería en el vacío...

—No, el de usted, no, maestro, se lo respondo.

—Lo que yo debía haber hecho es lo que tú has de hacer, dejar esta insoportable clientela y dedicarte a la investigación pura, a la verdadera ciencia, a la fisiología, a la histología, a la patología y no a los enfermos de pago. Tú que tienes alguna fortuna, pues los cuadros de tu padre han debido dársela, dedícate a eso.

—Acaso tenga usted razón, maestro; pero ello no quita para que usted deba publicar sus memorias de clínico.

—Mira, si quieres, hagamos una cosa. Yo te doy mis notas todas, te las amplío de palabra, te digo cuanto me preguntes y publica tú el libro. Te parece?

—De perlas, maestro. Ya vengo apuntando desde que le ayudo todo lo que le oigo y todo lo que a su lado aprendo.

—Muy bien, hijo, muy bien!—y le abrazó conmovido.

Y luego se decía Joaquín: «Este, éste será mi obra! Mío y no de su padre. Acabará venerándome y comprendiendo que yo valgo mucho más que su padre y que hay en mi práctica de la Medicina mucha más arte que en la pintura de su padre. Y al cabo se lo quitaré, sí, se lo quitaré! El me quitó a Helena, yo les quitaré el hijo. Que será mío, y quién sabe?... acaso concluya renegando de su padre, cuando le conozca y sepa lo que me hizo».