—No tanto, hijo.
—Sí, de corcho. No vive más que para su gloria. Todo eso de que la desprecia es farsa, farsa, farsa. No busca más que el aplauso. Y es un egoísta, un perfecto egoísta. No quiere a nadie.
—Hombre, a nadie...
—A nadie, maestro, a nadie! Ni sé cómo se casó con mi madre. Dudo que fuera por amor.
Joaquín palideció.
—Sé—prosiguió el hijo—que ha tenido enredos y líos con algunas modelos, pero eso no es más que capricho y algo de jactancia. No quiere a nadie.
—Pero me parece que no eres tú quien debieras...
—A mí nunca me ha hecho caso. A mí me ha mantenido, ha pagado mi educación y mis estudios, no me ha escatimado ni me escatima su dinero, pero yo apenas si existo para él. Cuando alguna vez le he preguntado algo, de historia del arte, de técnica, de la pintura o de sus viajes o de otra cosa, me ha dicho: «Déjame, déjame en paz» y una vez llegó a decirme: «apréndelo, como lo he aprendido yo! ahí tienes los libros». Qué diferencia con usted, maestro!
—Sería que no lo sabía, hijo. Porque mira, los padres quedan a las veces mal con sus hijos por no confesarse más ignorantes o más torpes que ellos.